Senegaleses en Buenos Aires | La palabra como herramienta de integración

Senegaleses en Buenos Aires | La palabra como herramienta de integración

agosto 26, 2018

Respeto, Devaluación, Racismo, Visa y Trabajo. En una clase de español para senegaleses la realidad se cuela en cada letra del alfabeto.

 

 

Anochece en Floresta y el Sitio de Memoria Automotores Orletti empieza a tomar forma de escuela. En este lugar, donde hace cuatro décadas se torturó y desapareció a más de un centenar de militantes de toda Latinoamérica, un grupo de migrantes brinda clases gratuitas de español destinadas a más de veinte trabajadores senegaleses que todos los días, desde temprano, van con su paraguas a las calles del barrio a vender anteojos o bijouterie, y que ahora, cuando el sol sigue su rumbo por otras latitudes, se esfuerzan por comprender un poco mejor a dónde vinieron a parar.

 

 

En pocos minutos, este ex taller mecánico donde reina el cemento se llena de túnicas y camisetas de futbol. Todos sonríen y chocan sus grandes manos en cada saludo. Algunos están contentos con las ventas del día y hacen chistes. Otros repasan la tarea con cara de preocupados y piden ayuda. Todos se pasan apuntes, respuestas y lapiceras. Ya es un aula de cualquier secundario lista para empezar la clase. La propuesta de hoy es terminar de ver el alfabeto.

 

 

Una realidad que asoma en cada letra

 

– ¿Palabras que empiezan con la letra R?, pregunta Mariana, una de las profesoras.

– Racismo, responde de inmediato Mamadu.

Mamadu tiene 37 años y la mirada firme. Llegó a Buenos Aires hace ocho meses, entusiasmado por lo que veía de Argentina a través de los buscadores de internet. La imagen era la de una ciudad parecida a las europeas, pero sin conflictos. Un lugar ideal para juntar plata y enviársela a su familia. “Lo necesario”, aclara. “Pagar la luz, el agua y la escuela para mi hermano”. Sin embargo, acá se encontró con una realidad menos idílica que la que se imaginaba. Desde 2015, el gobierno de la Ciudad lanzó una cruzada contra la venta ambulante – la principal forma de sustento de más de 2500 trabajadores senegaleses que llegaron en los últimos años- y desalojó violentamente a los manteros que se instalaban en los puntos más transitados de la Ciudad.

 

Ahora, el único lugar que quedó en pie para la venta ambulante es la zona de Flores, donde la pelea por el uso del espacio público se libra día a día. Allí los vendedores más visibles son los senegaleses y, por ende, los principales destinatarios de la prepotencia policial. Pasaron ya tres meses pero todavía están frescas las imágenes de Serigne Dame Kane, el trabajador que terminó desmayado y desangrado tras ser arrojado contra una vidriera por efectivos de la Policía de Infantería de la Ciudad que le querían secuestrar la bolsa con zapatillas que tenía para vender. Episodios similares, aunque menos mediáticos, se repiten cotidianamente. “Todos los días me avisan de uno o dos trabajadores senegaleses detenidos”, comenta Demian Sayat, coordinador del Programa contra la violencia institucional del Ministerio Público de la Defensa de la Ciudad.

 

Para él, el discurso del “combate” contra la venta ilegal que imparte el gobierno es falaz.  “No es ilegal vender en la vía pública”, asegura y explica que el Código contravencional permite la venta ambulante cuando sea para subsistencia, baratijas o no resulte competencia desleal con comercios. Sin embargo, el Código de faltas dice que está prohibido tener actividades lucrativas en el espacio público sin autorización, y los inspectores del espacio público avanzan por ahí. Lo que debería ser una simple multa, similar a la que se realiza por mal estacionamiento, termina con la detención y en muchos casos la violencia de los vendedores. La justificación termina siendo aleatoria. “Ellos quieren detener al negro, y después buscan cómo lo hacen”, asegura.

 

Mi vida va prohibida, dice la autoridad

 

Penda llegó de Senegal hace un año y medio y es la única mujer del curso. Esta es su segunda clase pero no se nota. Saluda afectuosamente a los profesores y, antes de sentarse al lado de su marido, les deja a Bamba, su hijo de 26 días, para que lo acunen. Antes de venir, Penda sabía poco y nada de nuestro país pero la insistencia de su hermana pudo más. “Vení a Argentina que acá se está bien”, le dijo. Así desembarcó en Buenos Aires y al poco tiempo conoció a Abdou, con quien formó pareja. Juntos se organizaron para sobrevivir vendiendo comida y mochilas en la calle y, pese a que la situación está muy difícil “porque el municipal no quiere y nosotros no tenemos otra cosa para hacer si no puede vender”, con la llegada de Bamba los planes cambiaron. “Yo tengo un hijo que es argentino ahora. Si todo está bien, queremos vivir acá”.

Sin embargo, el camino para la radicación está lleno de impedimentos. Si un senegalés quiere solicitar una Visa para venir a Argentina tiene que trasladarse 4 mil kilometros hasta Nigeria y convencer al cónsul que viene a hacer Turismo o a asistir a una conferencia y que va a volver. Y aun así no se las conceden, con lo cual están condenados a ingresar irregularmente. Por eso, una vez en el país solicitan la condición de refugiados -único caso en que se permite este tipo de ingreso- y aunque la Comisión Nacional de Refugiados (CONARE) la rechaza sistemáticamente, les permite contar con un certificado de residencia precaria que deben renovar cada tres meses.

“¿Es compatible tener un sistema de visas para el 60% de los países cuando vos reconocés en tu Ley de Migraciones el derecho humano a migrar? La pregunta certera la dispara Marcos Filardi y su palabra tiene respaldo. Entre 2008 y 2013, Marcos trabajó como Tutor Público Oficial de los niños, niñas y adolescentes refugiados solicitantes de asilo y desde allí, fue parte de un Plan que logró en 2013 la regularización de 1800 senegaleses. Sin embargo, el Plan fue una excepción y desde hace cinco años no hay ninguna posibilidad que los senegaleses que ingresaron al país obtengan la residencia permanente, salvo por matrimonio o  teniendo un hijo nacido en Argentina.

 

Penda sabe que con la llegada de Bamba su situación migratoria se puede regularizar, pero es un caso dentro de cientos. “Muchos de nosotros estamos migrando para otro lado”, asegura Mamadu. “No podemos continuar esta lucha porque está muy difícil”.

 

D de Devaluación

A la persecución policial y la imposibilidad de radicación hay que sumarle el ajuste económico. “Antes plata estaba bien, ahora el dólar subió. En la calle no hay trabajo y la gente no compra como antes”, sintetiza Penda. Su preocupación por la escalada del dólar, que pasó de 20 a 40 pesos en los últimos meses, atenta contra su principal objetivo: mandar dinero a sus familias.

 

En este difícil contexto, el curso se transformó en un espacio de contención fundamental para una comunidad que busca integrarse. “Están dando una oportunidad para toda la gente para aprender, para escribir bien, para hablar bien. No tenemos palabras, solo muchas gracias”, asegura Mamadu

 

El sentimiento de gratitud es compartido. Los profesores, integrantes del Bloque de Trabajadores Migrantes, lo definen como un camino de construcción colectiva de lo que es ser migrante. “Escucharlos poder decir cosas como ´Yo soy Falu, soy de Senegal, en Argentina soy vendedor, en Senegal soy herrero´. Verlos entenderse a ellos mismos en otro país y que eso abre una lucha nueva que tiene un nombre que es el Ser migrante. Eso para mí es muy emocionante”, reflexiona Jorge, uno de los docentes.

 

La tercera pata en este proyecto son los integrantes del Sitio de Memoria donde se da el curso, para quienes la iniciativa resignificó un lugar. “De alguna manera, está en la idiosincrasia de este Sitio de memoria los vínculos con los países hermanos y con lo que implica la migración como un derecho humano”, asegura Ricardo Maggio, coordinador del Sitio. El curso también permitió que algunos de los estudiantes comiencen a tramitar su DNI gracias a que se pusieron en contacto con integrantes de un Centro de Acceso a la Justicia que funciona en el barrio. “Los diferentes actores se van dando sinergia sobre una idea fuerza que es integrar a los migrantes –reflexiona Ricardo-. Cada quien va aportado un pedacito y todos nos vemos beneficiados en poder cumplimentar la tarea que desarrollamos”.

 

 

Tan sencillo como decir Hola

 

Para Mariana, una de las profesoras, el hecho de que tanto alumnos como docentes sean migrantes es fundamental. “Lo que nos une a todos -resalta- es que no somos de aquí. Y se crea un vínculo muy hermoso. Compartir el espacio entre migrantes y tan diversos me emociona. Nunca había tenido contacto con gente de África y romper esa barrera es muy importante”.

-¿En qué consiste esa barrera?

“La barrera es simplemente hablarles”, responde Jorge. “Acercarse, animarse y decirles Salam alaikum (“La paz de dios este contigo”) que es como ellos se saludan. Eso solo rompió una barrera con un grupo de la sociedad que veíamos todo el tiempo y que parecía impenetrable. Y era tan sencillo como eso, como decir Hola”.